De fish and chips y cosas virales
El vaso de leche de tigre de Selfish lleva un ceviche en formato de michelada que tiene todo el sentido del mundo como ceviche, pero poquísimo como michelada.


La persona de adelante caminaba a nuestro ritmo y en la misma dirección, formando una especie de pasillo de aire entre la multitud que hacía filas o llevaba bandejas. Había una mezcla extraña de aromas en el oxígeno denso: cúrcuma y comino, pescado crudo con soya, verduras al wok, pizzas saliendo del horno, carne a la plancha, algo frito.
De repente, nuestro guía frenó en seco, dio una media vuelta repentina y casi chocamos de frente. Pero lo esquivamos y bajamos las escaleras mecánicas, resoplando, con las mejillas coloradas y la chaqueta en la mano.
En un rincón del último subsuelo del inframundo del MUT, al lado de una hamburguesería, está Selfish, un local de pescado frito que en su llegada al vanguardista centro comercial inventó un ¿plato? para volverse viral y competir en el caos absoluto. Le resultó: a las 12:30 ya había cola para comprar.



Es un ceviche en vaso de plástico en formato de michelada, con chamoy en el borde y al menos 200 ml de una vibrante leche de tigre, de limón con cebolla morada y agua de mar. La idea, imaginamos, era tomársela como si fuera el famoso cóctel mexicano, pero el tema es que, con esa referencia en la cabeza, la sopa fría nos pareció demasiado salada y espesa.
No así para rescatar con la cuchara alguno de los cubitos de los 80 gramos de fresca reineta que tenía en el fondo, además de alguna cebolla en juliana, no amortiguada y por lo tanto presente por el resto del día. Como clásico plato peruano, la mezcla era limpia y ácida, además de sorprendente para valer $4.990.
Por sí solo podría haber sido un almuerzo, de hecho, sobre todo por las dos tiras de chicharrón que llevaba encima, topping decorativo y proteico de merluza (o pescada) frita. Muy emocionante era ese bocado de pez sumergido en la leche amarilla, incluso cuando su crujiente apanado se ablandaba como cartón en la lluvia.
El vaso era fiel reflejo de estos tiempos escandalosos y gobernados por el algoritmo: al final, un buen ceviche vendido como ridícula michelada tiene mayores probabilidades de éxito masivo que un buen ceviche vendido como ceviche. El punto es que hay que hacer ruido para que llegue la gente, sobre todo en un mercado con tanta oferta.


El fish and chips, en cambio, la especialidad de la marca que ya tiene cinco sedes en la ciudad, venía en un formato clásico, fiel al estilo británico pero con pesca local. Había merluza corriente y austral, reineta y congrio. Elegimos este último ($12.900), 300 gramos en medallones con espina dorsal y todo, como en una picada de puerto.
Los carteles del negocio prometían frescura en la proteína y ruidosidad en la mordida, lo que no era demagogia, porque el apanado con ligero ajo estaba suflado, con una minúscula capa de aire que lo separaba del trozo de pescado húmedo, delicado e incluso gelatinoso entre las costillas, por el colágeno. Se recomienda hurguetear con la lengua y rescatar con cuidado esos trocitos con sabor a mayonesa.
Los labios y bigote quedaban sucios, eso sí, y para qué decir las manos, lo que se volvía angustiante porque en la bandeja venían apenas dos servilletas, y no había de dónde sacar más. Al final corrimos al baño a lavarnos las manos y la cara. De haber podido, me duchaba.
La cajita de cartón que reemplazaba al plato era mitad pez y mitad papas fritas, estas últimas blandengues y con un sabor curioso que nos hizo sospechar que todo caía en el mismo aceite. Untadas en las salsas igual pasaban, eso sí, especialmente con la mayonesa de ají rojo, bien cuajada, algo picante y parecida a un pebre molido del norte.
También venía una tártara grumosa que junto a unas gotitas de limón condimentaba bien al pescado frito, y una ensalada chilena con cebolla blanca –nuevamente no amortiguada–, perejil o cilantro –todavía no los diferencio– y un tomate desabrido y harinoso, deprimente, como suele ser en invierno. Deberíamos haber pedido el coleslaw, o las papas mayo, aunque hubiera sido mucha papa, y mucha mayonesa.
La discreta esquina de Selfish permite comer con cierta calma en la mesa, aparte de que justo está al lado de un amplio tubo que sube hasta la calle y filtra luz natural. Se siente menos encierro y cortisol que en la chimuchina amarillenta del -2.
En cualquier caso, almorzar en el subterráneo del MUT no es una experiencia relajante. Pero se puede salir satisfecho y alimentado de suficiente pescado fresco por menos de $20.000, lo que es casi una hazaña en este Santiago de precios suizos.
Y ya que estábamos en lo viral, estuvimos a punto de comprarnos un açaí, puré de fruta amazónica antioxidante a la que le ponen más azúcar que a una Coca-Cola y que venden a precios –de nuevo– suizos. “Para esto me compraba un helado”, pensaba decir. Después nos arrepentimos, porque para qué despotricar tanto. No vaya a ser que quedemos como amargados.

