

Habíamos hecho una reserva porque es conocido por estar siempre lleno, pero quisimos cancelarla para ver si teníamos que esperar (y cuánto tiempo).
Desde la vereda ya se veía que no cabía nadie adentro ni afuera. Era sábado, el primero de sol después de semanas grises de lluvia y granizos, de esos días en que medio Santiago sale a almorzar para aprovechar los esquivos rayos.
Apenas llegamos a la puerta de Isidora Goyenechea 3141, Las Condes, un par de garzones se nos acercaron con entusiasmo y nos preguntaron dónde queríamos sentarnos. Dijimos que en la terraza. “¡Síganme!”, contestó uno, muy animado. Contra todo pronóstico, no esperamos nada.
En el camino a la mesa, pasamos por el colorido Panino Amorino —nuevo concepto de panini al paso de los mismos propietarios— y terminamos en la terraza cerrada que da a Augusto Leguía. Nos recibió una nube de humo de cigarro.
Un oficinista del sector, sibarita y avezado en la cocina, nos había dateado y recontra recomendado el Tavola chicken italiana ($16.600), la mitad de un pollo asado.


Tenía un dorado parejo y sabroso por la caramelización, mientras que por dentro la carne estaba blanca y blanda. Al apretarla soltaba jugo, que en vez de evaporarse se había mantenido, virtuosamente, entre las fibras, a diferencia de las versiones tan desérticas de los supermercados, que le han dado tanta mala fama a la preparación. Además venía con un corte al medio que lo volvía muy fácil de faenar.
Lo acompañamos con una ensalada de lechuga, rúcula, tomate y palta que nos recomendó el garzón, muy fresca.
El Tiramisú partió “chico”, con 15 mesas, y con los años fue ganando terreno, literalmente, hasta comerse la esquina entera, con más de mil metros cuadrados y un centenar de mesas grupales.
Antes de ir, de curiosos, revisamos su calificación en Google: más de 13.600 comentarios y una nota de 4,6. Costaba encontrar reseñas negativas. Lo que más se repetía eran elogios al pisco sour, tragos, camarones y creme brulée.
Apenas nos sentamos nos preguntaron qué íbamos a tomar y obvio que elegimos su famoso sour, que llegó en versión frozen, con los hielos minúsculos que se sentían en la lengua. Era fuerte, bastante, y aún así estaba buenísimo. Una de las comensales terminó mareada.



Curiosamente, siendo una pizzería con 59 —agobiantes— opciones en su carta, la pizza clásica “a la piedra” fue lo menos destacable del almuerzo. Pedimos la Patrizia ($17.400), con jamón crudo casi translúcido, muy agradable por lo fácil de cortar con los dientes, aparte de mozzarella, grana padano, salsa de tomate algo escueta y rúcula excesiva, naturalmente amarga, que invadía con su volumen de ensalada.
La masa era muy delgada, sin bordes inflados y más dúctil que crujiente, un poco carente de personalidad.
Nos pareció cumplidora para una salida con amigos o cita distendida: es de esas que se comen con gusto pero que se olvidan apenas se acaban, a diferencia del notable pollo asado.
Entenderíamos a quien, buscando una buena pizza, la encontrara cara para lo que es, sobre todo con el nivel que se puede encontrar en Santiago a menores precios.


Alrededor nuestro había familias con niños, grupos de amigos, almuerzos de madre e hija y parejas como la nuestra. Algunas mesas ya iban en el postre cuando nosotros recién partíamos, y la gente no dejó de llegar en la hora y media que estuvimos. Nunca.
En la mesa de al lado, tres niños jugaban una trivia de historia y geografía. Uno hacía de animador, con unos anteojos azules que le daban un aire a Eduardo Fuentes, y preguntaba: en qué continente queda tal país, cuál es el río más largo de Europa, cuándo empezó la Primera Guerra Mundial.
Para esta última, uno de los concursantes respondió con total seguridad: “1950”. Una de las mamás tuvo que intervenir para corregirlo (1914). Los adultos, mientras tanto, conversaban tranquilos.
Antes de los fondos, las entradas habían llegado en menos de diez minutos desde que las pedimos. Primero el Spiedino di gamberetti ($8.900), dos brochetas de camarones con cebolla y pimentón. No tenían ajo, por solicitud —o sea, maña— de una comensal, y aún así estaban sabrosas.
A nuestro juicio, el anticucho es de los peores inventos de la cocina, porque junta en un palo a ingredientes que tienen tiempos de cocción distintos. Acá cada cosa llegó justa: el camarón dorado y firme pero no seco, la cebolla y el pimentón al dente pero algo quemaditas por el fuego.
Muy buen producto para empezar. Goteaban aceite. La misma que había pedido sacar el ajo se arremangó para comer los camarones y terminó chupándose los dedos.



Después vino la focaccia Caprese con burrata ($12.400), que alcanzaba de sobra para que picaran cuatro personas. El primer mordisco tenía un crujido sutil y después la masa se volvía esponja. El tomate y la albahaca, frescos y aromáticos.
Le preguntamos al garzón por la masa. Era la misma de la pizza, pero más leudada.
Si hubiera que buscarle un pero, la burrata estaba demasiado líquida: quizás la stracciatella del interior tenía demasiada crema en comparación a su mozzarella deshilachada, o mucho suero. Al comer con la mano, el chorreo podía volverse un poco desagradable.
En un lugar que se llama Tiramisú no podíamos irnos sin probar el postre de la casa ($5.600). Llegó bien armado y en una porción ideal para compartir entre dos, frío, lo que se agradeció, con el bizcocho humedecido en café, el espolvoreo de cacao amargo y un dulzor justo, que nunca alcanzó a hostigar. La crema era aireada y suave, probablemente con mascarpone en vez de queso crema gringo.
Nos atendió José Luis, con la camisa roja que distingue a los garzones del lugar. Rápido y atento, recomendaba sin insistir y sin caer en la sobreactuación de otros garzones de la misma calle.


En la terraza no había música, o al menos no se sentía. El sonido lo ponían las conversaciones y los platos que iban y venían, incesantemente.
Entre el ambiente y la comida sencilla pero sabrosa —excepto, quizás, por la pizza— entendimos los años de éxito. Aparte, lo que pedimos alcanzaba para tres o cuatro personas. Para el barrio y los precios actuales de Santiago, la relación entre precio y calidad se hacía difícil de discutir (ticket de entre $20 y $25 mil).
Cuando nos fuimos, la terraza seguía llena y seguía llegando gente. En veneciano, tiramisú significa “levántame el ánimo” o “tírame arriba”. Después de semanas grises de lluvias y granizos, se puede decir que el restaurant le hizo honor a su nombre.


