Sonaba música tecno, la gente estaba en grupos aislados, las treintañeras se llevaban los pelos detrás de las orejas y los hombres ponían labios de pato mientras miraban de reojo a su alrededor, sobre todo a quienes recién entraban al recinto, un deck de madera como cancha de baby fútbol cerrada por tres containers; uno con la barra, otro con la cocina y un último con los tres baños todavía desocupados, que un par de horas después colapsarían y desatarían las quejas de los presentes.
En los círculos las personas movían sus cabezas con piscolas en la mano, la mayoría en la zona al aire libre, con un bar playero en el medio y vista lejana al mar.
Una bailarina rubia como de Woodstock, sin embargo, única cabeza separada del ganado, se meneaba sola, muy sola y sin pudor, frente a la DJ, mujer morena maquillada y de crop top que con sus audífonos gigantes y manos arriba procuraba animar a una pista de baile casi vacía.
Atrás de ella estaba lo que parecía ser su grupo de amigas, cuatro chiquillas moviéndose también al ritmo de los beats, ya fuera por apoyo o auténtica motivación.
No sé si éramos pocos o varios los que, al llegar a las 7 de la tarde y encontrarnos con este escenario tan ajeno, pensábamos con melancolía en nuestros compatriotas que en ese momento estarían en las fondas chilenas, con los viejos chichas bailando cueca, el aire turbio por el humo de los anticuchos quemados, el olor a fritanga de los churros rellenos de manjar incomprobable, familias sentadas en mesas de plástico en medio del caos, un sector de rayuela, algunos borrachos intentando achuntarle al sapo, ese rincón donde está la pesca milagrosa y los niños con sus volantines fuera de la carpa, verdaderos aviones en el viento todavía fresco de septiembre, que huele a empanada de pino.
Esta fiesta cerca del Fórum de Barcelona, sin embargo, se anunciaba como tardeo y por lo tanto no tenía pretensiones especialmente folclóricas (a diferencia de otras en la ciudad aparentemente más tradicionales). En Chile la gente bilingüe y asidua a este formato le llama sunset, o mejor dicho shunshet, costumbre veraniega muy de Maitencillo o Reñaca, de anteojos de sol Meller y polera More Amor.
Cerca de las 9, con la luz del cielo naranja, la DJ fue desplazada por un señor vestido de la selección de fútbol que puso a todo volumen el himno patrio. Las cerca de 300 personas cortaron la sociabilización, se giraron hacia la mesa de música y con la mano derecha en el corazón o los brazos elevados cantaron las estrofas.
La emotiva y oportuna instancia inauguró un carrete cargado a la cumbia, con los habituales agregados tan coloquiales y poéticos a la clásica obra del grupo argentino Amar Azul, “Yo Tomo”, gritados al unísono con incluso mayor pasión que el “¡de los libres!” del himno.
Yo tomo vino y cerveza
¡Pisco y ron!
Para olvidarme de ella
¡Mara… cul…!
Tomo y me pongo loco
¡Hasta los cocos!
Loco de la cabeza
¡Esta cabeza!
La letra de tan elevada escritura no deja de ser representativa, en cualquier caso, del espíritu dieciochero, entendido como una oportunidad comunitaria para desligarse del sufrimiento diario a través de una celebración espectacularmente alcohólica y profundamente festiva.
En este caso, los desarraigos y nostalgias de quienes sobreviven en la capital de Cataluña parecían aliviarse más en este formato de carrete que lo costumbrista, con el habitual pudor inicial de quienes nacieron escondidos entre el infinito mar y la cordillera más alta, disipado luego por la soltura de pies generada por el destilado rey, transformador de personalidades y carácteres.
De todas maneras, la comida y bebida, como suele pasar, eran los principales representantes de la cultura, y de alguna forma justificaban el nombre de fonda que salía en el flyer, más allá de la excusa de la fecha.
Después de la cumbia, cuando empezó a sonar el reguetón millenial de R.K.M y Ken Y y uno que otro temón de Tony Dize, la abrumadoramente repleta pista de baile se empezó a confundir con la fila de los choripanes que, ante la falta de marraqueta, tenían el inteligente reemplazo de un pan tipo baguette, de corteza dorada pero no agresiva con las encías.
Sobraba algo de miga, eso sí, con respecto al embutido, similar a una butifarra local, que con menos especias que una longaniza sabía más a carne molida, con textura granulada y una tripa suave que no generaba el efecto bombita de la de Chillán o San Carlos.
Era muy rica, de todas maneras, solo que no tan evocadora, y su precio era el habitualmente inflacionario de una fonda, más encima en Barcelona. Demanda inelástica y público cautivo, muy cautivo y de poder adquisitivo ibérico, de gastos similares pero sueldos 50% superiores.
Lo mismo pasaba con el valor de la empanada de pino, del tamaño de un iPhone y algo fría en el centro, pero de relleno jugoso y abarcador.
La carne picada se desmechaba en la boca y no tenía nervios, mientras que la equivalente cebolla estaba bien caramelizada y tenía harto comino y un punto de sal osado. Además incluía huevo duro, pero no pasas ni aceitunas, y la masa era delgada, con cachitos mantecosos como dobladita.
Aparte del copete con cola, varios asistentes se paseaban con sus terremotos, elíxires rosados de pipeño de bidón plástico con granadina y la crema batida del helado de piña más industrial, trago endémico tan dulce y empalagoso como endemoniadamente curador.
Para reseñar de manera justa al brebaje faltaría alguien entusiasta, porque este servidor no es fan y basta con decir que entiende el porqué se toma solo una vez al año.
El trago parecía hacer feliz, de todas formas, tanto a los adultos jóvenes como a los pocos de mediana edad que había, sonrientes con sus vasos infantiles y un bailecito tranqui en su círculo; pa quí, pa allá, bracitos de velociraptor, y un movimiento de caderas cristiano.
En general, después de superada la distancia, incomodidad y postureo de las horas iniciales, los ánimos se habían vuelto entusiastas, auténticos, cariñosos y tambaleantes, así como nuestro tan largo y flaco país.
Un poco antes de las 11 abandonamos el barco por cansancio y/o mareo. Camino a la casa bajoneamos un grosero y extraordinario kebab, pensando sin embargo en el completo de la Copec.



Yo quiero el dato de ese extraordinario kebab