


“¡Octavio, Octavio, Octavio!”, coreaban los del grupo en la mitad de la sala oscura, haciendo señas al DJ y abrazando al festejado –Octavio, asumimos– portador de una pelada franciscana que reflejaba las luces rojas y las proyectaba hacia la mesa del segundo piso en la que estábamos con la Elena y mis papás.
A nuestro alrededor y también abajo, al costado del eufórico grupo, había parejas que se hacían ojitos y familias multigeneracionales en mesas largas con platos al medio. Al ritmo del tecno, las cabezas se movían como las de las palomas que caminan en las plazas.
El garzón pasaba cada ciertos minutos por nuestro lado dejando una estela de aire frío, hasta que en uno de los trajines lo atajamos para pedir el árbol de wantanes, nombre que no entendimos hasta que llegaron efectivamente colgando de las ramas de una especie de bonsái de alambre negro.
Eran seis piezas de dos mordiscos, tres rellenas de vacuno mechado con queso y las otras tres con camarón, queso y cebollín, como de restaurant chino. Las masas crujientes, fritas pero no aceitosas, estaban bien colmadas, sin esos espacios deprimentes de aire en su interior.



Aparte venían con dos pocillos de salsas agridulces: una demi glace con jengibre, reducción casi gelatinosa del caldo de carne, y la otra de mayonesa dulce con ají rojo, o sweet chili thai.
Los bocados eran diversos y de gusto universal, tanto que estuvimos a punto de pedir otra ronda, pero nos arrepentimos al recordar el valor de $13.900 del arbusto (más de dos lucas por empanadita).
En cambio quisimos probar también el salmón furai ($10.500), un fresco tártaro japonizado del industrial pez, con jengibre y aceite de sésamo, que venía sobre cuatro rectangulitos tibios de arroz de sushi apanado, algo dulces en su interior glutinoso. Traían el bonito detalle de la salsa de soya en un gotero, lo que permitía aliñar lo justo las piezas, en vez de sumergirlas demasiado o inundar grotescamente el plato.
Como los wantanes, las croquetas fueron cómodas y predecibles en el buen sentido, sobre todo en un contexto de tapeo en un bar con innegable onda. Y como los wantanes, también, se sintieron profundamente efímeras: de lo bueno, poco, parecía ser el lema.



Uno que se confirmó con el tendencioso flan de caluga ($6.500) que pedimos con mucha expectación, suave en vez de tan denso y duchado con una salsa de caramelo salado bien salado, tan estimulante como regulador de la empalagosidad del lingote.
También tenía una bola de helado del mismo sabor que reemplazaba con honores a la crema y refrescaba el paladar, además de galleta molida y unas nueces picadas que le daban crocancia.
Eso sí, el plato largo en el que venía le hacía un flaco favor a su menudencia, con 10 centímetros de vacío entre el helado y el flan. Su consumo fue una verdadera batalla entre las cuatro espadas por agarrar aunque fuera una segunda cucharadita.
Menos exitoso fue el otro dulce que elegimos, una trilogía de mini berlines ($6.500) del tamaño de tazas de espresso, rellenos con un dedo de confitura de manzana verde y dos de sorbet de la misma fruta con menta que inhibía el gusto y asesinaba el efecto nostálgico de la masa frita con su espolvoreo de azúcar flor.
Se lo sacamos, de hecho, y los berlines volvieron a ser berlines.



Eran casi las 11 de la noche y el ambiente festivo perseveraba en la sala, lo que es toda una hazaña en este Santiago dominical hasta los días viernes. Octavio ya se había ido, eso sí, pero los compañeros seguían con los brindis y se habían pasado desde el vino y las mini hamburguesas a las piscolas y papas fritas.
En los dos pisos del discotequero interior había plantas selváticas, además de individuales con dibujos de leopardos en las mesas, suponemos que por el nuevo apellido “Salvaje” del local, casi igual al nombre de un restaurant originario de Madrid (SLVJ) que hoy en día tiene varias sucursales en el mundo y que basa su propuesta en un ambiente festivo, comida japonesa y coctelería. Cualquier semejanza con Oporto, eso sí, debe ser mera ¿coincidencia?
Antes de esta moda, su eslogan era “Steak Bar”, proclamación todavía presente en los quitasoles que aparte ha dejado algunos resabios en la carta, con varios platos clásicos de carnes a la parrilla. Quisimos innovar con uno de autor, sin embargo, para conocer su nueva alma indomable, indómita, fiera, bravía, más allá de las entradas que fueron agradable compañía de la música y algún cóctel.
Mis papás tomaron uno, de hecho, con gin 274 ($.8500), propiedad de dos ex futbolistas nacionales que siempre tuvieron una inexplicable pasión por destilar (dicen), además de un licor de pomelo, jarabe de maracuyá y jengibre, limón, espumante y muchísimo hielo en cuadritos, casi frappé. Era de baja percepción alcohólica, dulce pero ácido, algo picante y duraba dos sorbos, como suele pasar.



Eso sí, los fondos iban mejor con una copa de carmenere, sobre todo el raviolón de jaiba ($18.500), gran masa amarilla y blanda rellena de la carne del crustáceo. Por debajo tenía un sofrito de cebolla y tomate, y por encima una reducción o bisque de los huesos del mismo cangrejo, huevos de salmón y brotes de albahaca.
Quizás esto va a sonar estúpido, pero era efectivamente un raviol con jaiba, con la textura hilachenta de la carne y su sabor a tierra escondida entre las rocas, condimentada por las algas de los rincones. Todas las demás extravagancias, atractivas en el papel, fueron estímulos que la cabeza no alcanzó a identificar: quizás bastaría con la pasta rellena y su salsa.
El segundo plato era un filete patagónico ($19.500), del vacuno cortado contra la fibra y con cocciones irregulares: algunos trozos a punto, otros ¾, y otros sin nada de rubor. Su nombre austral era por unos ostiones sureños que tenía encima, elegantes por no tener coral (como scallops), carnosos y casi imperceptibles en la lengua.
Además venía con unos brotes de bambú con textura de espárrago blanco y el dulzor de una pera, wakame, nori, alga china (la oso, que en realidad no es un alga porque sale de los árboles y sabe más a champiñón) y demi glace.



La proteína terrestre, por magra, pasaba colada entre tanta fotosíntesis yodada, y era una mera esponja más o menos sólida de lo verde y la predominante reducción dulce-ácida.
De nuevo, la mente no alcanzaba a procesar.
Un punto aparte, y en esto quiero ser breve, fue el wok vegetariano ($9.900) elegido por mi madre, que por demasiado cumplidor y poco pretencioso fue un recordatorio de lo que habían sido los aperitivos. Las verduras estaban al dente y los fideos de arroz tenían la clásica mezcla de soya con salsa de ostras, deliciosamente ubicua y con sabor a fuego por el flambeado en el metal.


En fin, fueron siete platos para cuatro, en una cuenta que salió unos $80.000 en pleno centro capitalista de la ciudad, gracias al descuento de 40% que tenía ese día por mi banco. La razón de la visita se debió precisamente a esa oferta, que nos hizo considerar por primera vez al restaurant como opción, a pesar de vivir muy cerca (a veces desde mi balcón se escucha la música) y haber pasado por fuera infinitas veces, varias de estas en plena hora de after office de finance bros (y girls), con su terraza de unas veinte mesas ocupadas (adentro hay otras 20).
La pregunta del millón luego de aprovechar estas rebajas tan extendidas por el sector oriente de Santiago –que probablemente han inflado los precios de casi todos los restaurantes– es siempre la misma: ¿Volveríamos a ir si no tuviera descuento?
Si llegaste hasta acá, probablemente podrás sacar tus propias conclusiones.


Genial!
Buenísima nota