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El ramen de Takeya es un abrazo en medio del caos

  • Writer: Diego Martorell
    Diego Martorell
  • Jun 18
  • 5 min read

Hicimos 45 minutos de cola por la sopa de un local japonés con 20 sillas en una esquina oscura de un boulevard anárquico en Providencia. No podemos decir si vale la pena la espera, porque eso depende cada uno, pero podemos confirmar que la cazuela era ubicua y cariñosa con cuerpo y alma.


Por Diego Martorell






El día era gris y, en plena mañana, daban ganas de prender la luz. No se entendía, sin embargo, si hacía mucho frío o poco, con una tercera capa que a veces sobraba y a veces faltaba. Chaqueta off, chaqueta on, chaqueta off, chaqueta on. Agotador. 


Entre Holanda, Providencia y Luis Thayer Ojeda, muy cerca del enorme edificio fálico de vidrio, hay un centro comercial de pintura desgastada, olor a fritura y consecutivos locales de comida con tres, cuatro o cinco mesas cada uno. 


Ese viernes, en el nivel de la calle, su único piso tenía los establecimientos cerrados, mientras en el cuadrilátero del subsuelo, una especie de boulevard de unos 30 metros cuadrados, ruidosos comensales colmaban los cerca de 15 locales; mexicanos, chilenos, japoneses, chinos, venezolanos, de comida casera, de menú del día, de cerveza y papas fritas.  


Costaba caminar, de hecho, entre las mesas que asomaban de los negocios. En algunos, además, había mujeres voluptuosas y caribeñas que gritaban al vernos pasar: “¿Quiere almorzar?”. No, gracias. “¿Pero no quiere almorzar?”. Que no, gracias. O sea, sí, pero no aquí, pensé sin decirlo. 


En una discreta esquina por fin encontramos el Takeya, que en su exterior no tenía una mujer invitando a pasar, sino que una fila india por la escalera del costado. Subimos hasta el final y nos pusimos en el orden. Ahí esperamos unos famélicos y por lo tanto malhumorados 45 minutos para pasar. No menor. 


Después entendimos que la demora no era culpa del establecimiento, que de hecho era ágil y diligente, sino que una consecuencia inevitable de sus dimensiones, con unas 20 sillas que no estaban ni cerca de poder acoger a todos los parroquianos. 


La picada es de un cocinero japonés instalado en Chile hace 15 años que, antes de comandar el espacio, fue el chef de la embajada nipona. O al menos eso nos contó su amable y extremadamente hospitalaria esposa, encargada de la sala desde que llegó hace un lustro del Imperio del Sol Naciente. 


En la carta había ramen, curry, takoyaki y karaage. Todo quemaba la lengua y abrigaba el alma. Chaqueta off, de nuevo, la puta madre. 


Incluso el postre era humeante (Dango Mitarashi: $2.500), tres bolitas de almidón de arroz que venían en una brocheta sobre un plato de cartón, cubiertas de un caramelo oscuro de soya, más salado que dulce. Los mochis sin relleno eran elásticos y estaban pegados al palo de madera, por lo que exigían una mordida incómoda y resbalosa, con los dientes que estiraban el ardiente chicle, y la salsa negra que barnizaba el bigote. 


“No sé si me gusta o no me gusta”, dijo la Elena. Estuve de acuerdo. Al final nos comimos las tres bolas, felices pero confundidos. 



Desde arriba, en la escalera, nos miraban muertos de hambre los que esperaban, mientras nosotros jugábamos con el cómico postre. “Apúrense, desgraciados”, “¿habrán pedido la cuenta ya?”, pensaban, y lo sé no porque lea mentes sino porque una hora antes habíamos estado en su mismo lugar, observando para abajo con desespero y extrema atención. “Ya, terminaron esos cuatro… ahora entran ellos y después vamos nosotros”.


Apenas nos sentamos pedimos los takoyaki (4 por $3.700), croqueta de masa de harina suave rellena con un pedacito ínfimo de pulpo, dorada y formada en un sartén con moldes semiesféricos. Venía con una salsa agridulce del mismo nombre, algo ácida, probablemente con soya, vinagre y miel, además de mayonesa y katsuobushi, esas virutas de atún seco con mucho sabor a atún, que bailaban con el calor, como si estuvieran vivas. 


Como entrada también llegaron las piezas de pollo frito, o karaage (3 unidades por $4.800), que eran pedazos de tuto corto deshuesado y jugoso, cubiertos por un tempura condimentado con jengibre y ajo, al que le faltaba crocancia y estaba algo húmedo. Echamos de menos un crunch al morder. 


Al contrario, la chuleta de cerdo del Katsu Curry Rice ($13.400) tenía un panko crepitante neutro que le daba mucha textura a la vez que preservaba el agua de la proteína rosada. El plato tenía arroz blanco aglutinado y una inundación de salsa naranja de curry con pedacitos de vacuno y verduras, hecha con evidente laurel, pimienta, ajo, comino, canela, cúrcuma y sabrá Dios qué más. 


No era picante, pero sí algo dulce, rica para comerla a cucharadas hasta el empacho, untar la proteína crocante o sopear con el arroz. Me acordé de ella toda la tarde, por su impregnación en el esófago. 



Este preámbulo nos llevó al clímax del almuerzo en esa mesa plástica y negra del tan exitoso como disimulado comedor ubicado en un patio de comidas del inframundo de Providencia, saturado y hediondo, con más red flags que un hombre narciso. 


Tanto su comida ubicua como su atención cálida, sin embargo, fueron inmensas banderas verdes que se sumaron a su maravillosa discreción en redes sociales. Se hacía evidente, estando allí, que el local vive del boca a boca entre aficionados de la comida nipona más inadaptada y cotidiana, quienes además están dispuestos –como nosotros, aunque por trabajo–, a esperar tres cuartos de hora por un ramen. 


Agarramos uno de los últimos Tonkotsu ($10.100), de hecho: a los pobres de al lado, que se sentaron y pidieron unos minutos después que nosotros, les dijeron que se había agotado. 


El caldo en base a huesos de cerdo tenía un sabor muy limpio al mismo animal, aliñado con el miso que además le daba esa consistencia y color de como si le hubieran agregado crema. Tenía un par de láminas traslúcidas de panceta marcadas al fuego, la mitad de un clásico huevo mollet marinado en soya, un poco de cebollín y el puñado de fideos de trigo al dente, medio chiclosos.



El plato invitaba a inclinar la cabeza y empezar a sorbetear con la cuchara ovalada de cerámica, para luego sacar unos noodles con los palitos y succionarlos ruidosamente. Otro sorbeteo. Más noodles. Y así sucesivamente. Hasta que en el fondo solo quedó una poza con gránulos minúsculos de carne blanca y uno que otro pedazo verde de cebollín. Era hora de sacar la cabeza del agua y respirar. 


Una virtud de la cazuela era que, a diferencia de otras, no estaba tan salada ni deshidratante. No dejaba de provocar entusiasmo, sin embargo, con una primera cucharada que nos dilató las pupilas y calentó hasta los pies. 


Comimos tres por $45.000 y nos fuimos a dormir una siesta que fue larga, pero no por la pesadez, sino que por el relajo de la restauración emocional. Qué ganas de que hubiera estado lloviendo afuera.

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