Romina Yacometti, psicóloga especializada en TCA: “Hoy en día no es fácil tener una relación saludable con la comida y el cuerpo”
- Diego Martorell

- Jun 23
- 9 min read
Updated: Jun 25
En esta entrevista, la experta explica que la ausencia de un diagnóstico de TCA no es sinónimo de una conducta alimentaria saludable, e insta a pedir ayuda si es que se siente ansiedad, culpa o vergüenza frente a la comida. También detalla los efectos del ruido en redes sociales y la cultura de la dieta, además de relatar el sufrimiento de salir a un restaurant para alguien con estos conflictos.
Por Diego Martorell
Como periodista gastronómico, parte importante de mi trabajo es comer con pasión y atención, lo que hace que mi relación conflictiva y algo sufriente con la comida sea una paradoja no menor. De hecho, el tema es para mí una batalla diaria a veces fácil de ganar y otras veces lamentablemente perdida.
Por esto, me voy a dar la licencia de salir del rol de reportero para contar un poco de mi historia, no porque la crea importante, sino porque puede ser, de alguna manera, universal, además de útil para dar contexto a esta entrevista (perdón, de antemano, por el trauma dumping).
Con el tiempo he podido identificar que los problemas alimentarios en mi vida se han debido a varios factores: los mensajes permanentes del entorno, un sobrepeso tan leve como traumático en mi adolescencia y la exigencia deportiva, que a los 24 años, en un último intento por profesionalizar mi discutible talento para el fútbol, me llevó a la consulta de una nutricionista deportiva.
Hace siete años que entrenaba de forma muy intensa, y aunque la costumbre de usar polera en el mar se había quedado en los álbumes de fotos, la incomodidad y el pudor seguían algo vigentes en la piel, sobre todo con el apriete de los elásticos y el roce de la ropa.
Mi percepción, en ese entonces, era que mientras hiciera mucho ejercicio podía comer tranquilo, dentro de un rango de hábitos “saludables”: poco frito, poco dulce, harta proteína, harta verdura, ojalá carbohidratos integrales. En fin. Al menos, la mayoría de las veces, podía gozar de lo que tenía en el plato. Y me sentía más o menos conforme con el aspecto de mi cuerpo, energía y rendimiento físico.
Hasta que crucé la puerta de esa consulta.
Después de un saludo amable y un par de preguntas sobre mi alimentación, la joven me pidió que me sacara la polera y levantara el short. Inmediatamente puso ganchos en mis muslos, guata, pecho y espalda baja. Los pliegues, apretados por las puntas frías de las pinzas, se fueron inflando y rellenando en mi cabeza hasta tensar las bisagras metálicas, mientras la profesional me evaluaba con una huincha de medir.
Una gota en la frente. Mejilla colorada. Risa nerviosa. “Ya, ponte la polera”. Un respiro.
Es una de las situaciones más violentas a las que me he enfrentado, solo empeorada por la fatal conclusión, comunicada por ella al final de la sesión, de que, bajo su punto de vista, mi porcentaje de grasa era algo superior al ideal para el alto rendimiento en mi disciplina.
Se me cayó el mundo. Me dio pena, angustia, vergüenza. Consideré volver a usar polera en el mar. Al otro día fui a entrenar y me sentía lento, pesado, cansado. El short me apretaba la cintura.
La solución para mi persona obsesiva y autoexigente fue una hoja, provista por la profesional, que pegué en el refrigerador con las medidas exactas de qué y cuánto tenía que comer cada día, y en qué horarios. Tenía la ingesta energética, el gasto de calorías estimado y los macronutrientes.
Ella, con las mejores intenciones, creía que me estaba haciendo un favor al compartir conocimiento, promover una mejor composición de los platos y, sobre todo, ayudar a mi rendimiento deportivo.
No sabía que meses después su paciente iba a estar dando vueltas por la manzana a las 12 de la noche para sumar pasos en el reloj y así anular los dos pedazos de exquisita torta que recién se había comido, en un atracón permisivo tras semanas sin azúcar. Fue tal el pánico que a la vuelta me metí los dedos en la garganta frente al WC y los pedazos de chocolate quedaron flotando en el agua. Me fui a dormir llorando. Y al día siguiente me levanté a entrenar con una sonrisa y los ojos hinchados.
Creía que por fin iba a estar conforme y con mi mejor estado físico cuando se me marcaran la totalidad de los oblicuos, como a Cristiano Ronaldo. Y no fue así, porque entonces empezó el estrés por el miedo a “retroceder”, aparte de un cansancio corporal considerable.
Por al menos un año pesé la comida y usé medidores para calcular exactamente la taza de arroz. El verde era ilimitado, eso sí, qué indulgencia. Pero las frutas eran tres. No más.
Hoy en día trato de no medir nada y ser intuitivo, pero cuesta porque el esquema me quedó armado en la cabeza: no puedo evitar estimar las calorías, sentirme culpable si como cuatro frutas, echarme la cantidad de tallarines similar a lo que indicaba esa dieta, y priorizar la proteína magra.
Si un día no entreno, me da vergüenza sentir hambre. Por eso hago ejercicio aunque esté cansado, para poder comer tranquilo. Todavía me cuesta salir con amigos porque asumo que habrá cerveza y papas fritas. Y después de la ducha, estudio obsesiva y cruelmente mi cuerpo.
Uno de los primeros puntos de la conversación que tuvimos con Romina Yacometti, psicóloga que en la clínica se ha especializado en Trastornos de la Conducta Alimentaria, es que estos asuntos no discriminan género ni clase social, edad, estilo de vida o talla.
– Por un lado tenemos la alimentación intuitiva y por el otro un trastorno de la conducta alimentaria o TCA. Todo lo que pasa entre medio es un espectro, un continuo en el que cada uno se puede posicionar, donde también están las conductas alimentarias alteradas, que pueden ser más o menos dañinas para la salud y estar más o menos normalizadas por la sociedad basada en la cultura de dieta.
Habitualmente, las relaciones conflictivas con la comida se asocian a situaciones más visibles, como la extrema delgadez. También se cree que estos problemas son minoritarios o que afectan solo a un segmento específico de la población.
– Pero la ausencia de un diagnóstico formal de TCA no es sinónimo de una conducta alimentaria saludable. No es normal sentir ansiedad, culpa o vergüenza frente a la comida. Y en ese momento se debería pedir ayuda.
¿Cómo influye el ruido en redes sociales?
– Debido a la gran cantidad de información y el modo en que nos llega, hoy en día no es fácil tener una relación saludable con la comida y con el cuerpo. Es válido sentir que no se es suficiente, porque estamos constantemente escuchándolo. Y todo ese ruido dificulta la conexión con las señales de hambre, saciedad y las preferencias de cada uno, porque opera la creencia de que la comida se tiene que ganar o justificar, como si no fuera una necesidad básica o si el placer no fuera un derecho.
Justamente uno de los momentos más hedonistas para muchos es ir a un restaurant. Suele ser una situación gregaria, además, de celebración o salida de la rutina. Pero para alguien con TCA o conducta alimentaria alterada, ¿qué pasa cuando se va de viaje, hace un asado con los amigos o sale a comer?
– Hay algo que sale de la rutina y del control, y tanto lo que ocurre antes como después es un infierno. Una invitación a comer puede gatillar mucha ansiedad anticipatoria y luego, en el momento, puede sentirse mucho aislamiento, porque es tanto el ruido mental, la ansiedad, la culpa o la vergüenza, que si bien se está físicamente está en la mesa, realmente no se está presente. Después, algo que pasó un jueves puede acompañar por varios días, y muchas veces esa angustia puede llevar a tomar medidas compensatorias. Es el efecto de esta misma cultura de dieta en que si te portaste mal o no te ganaste tu elección alimentaria, tienes que compensar o reparar.
¿Qué le dirías a los restaurantes?
– Que por favor usen lenguaje neutro, que saquen el pecado de sus cartas, que no me importa si es una estrategia de venta, porque es el mismo discurso moralizante y dañino. El restaurant es precisamente una oportunidad para honrar otros aspectos del hambre que no tienen que ver con el valor nutricional, que de hecho, muchas veces cuando uno sale a comer o se junta con amigos o va de viaje, es lo último en lo que se basa para tomar una elección alimentaria.
¿Y qué le pedirías a los equipos de servicio?
– Que tengan paciencia y sean amables si es que alguien quiere cambiar un ingrediente o dividir un plato.
En general, ¿qué comentarios son especialmente sensibles y se deberían evitar?
– Por ejemplo, cuando me repito el plato, que ya lo pienso, y me lo hacen notar con un “oye estaba rico…”, eso puede ser un gatillante importante. No se hacen comentarios, no se habla sobre el cuerpo de otros, no se habla sobre el plato de otros, porque uno no sabe la historia que hay detrás.
“Manera de comer”, “mañana no tomo desayuno”, “buen plato, ah”, “voy a tener que salir a trotar después de esto”, “qué chanchada”, bla, bla, bla. Mejor cállese.
¿Qué le recomendarías a alguien que se siente identificado con las sensaciones descritas anteriormente?
– Uno debería poder disfrutar de la comida y responder a las señales internas. La sociedad y toda la información que da vuelta ya es exigente y rígida, por lo que nos toca a nosotros ser más compasivos. Por ejemplo, al momento de salir a comer o de estar afuera, hacerse preguntas del tipo, ¿cómo me quiero sentir? ¿Qué es lo que quiero comer? ¿Frío, caliente, crujiente? Y todo eso va a depender del contexto y de las preferencias. Es todo un proceso de autoconocimiento.
Es intentar ser intuitivo, al final…
– Sí, es la alimentación intuitiva, un enfoque alternativo de nutrición y de psicología que tiene como objetivo reconectar con las señales internas. Actualmente es la forma de tener una conducta alimentaria saludable.
Su objetivo parece ser muy diferente al del clásico nutricionismo.
– Ir a pedir ayuda a un nutricionista puede ser contraproducente si sus estudios están basados en la cultura de la dieta. La consulta puede ser gatillante de más ansiedad alimentaria y fomentar también cierta rigidez y obsesión con las temáticas. Eso se llama ortorexia y es algo que cada vez ha ido creciendo más gracias a esta idea de que hay una forma correcta de comer.
Y es algo que aparece mucho en las redes también.
– Claro, como el contenido de “todo lo que como en un día”, donde hay tal obsesión con la calidad nutricional, que las personas llegan a planificar toda su vida en torno a cómo aprovechar cada alimento, y deja de haber espacio para otras cosas. ¿Esto se puede sostener en el tiempo? ¿Te produce bienestar mental y físico?
Además se asocia esa alimentación con un cierto aspecto físico.
– Se genera esta idea de que cuando alcance cierto número o alcance cierto tipo de cuerpo, ambos asociados a un estereotipo de género y a una estigmatización de la diversidad corporal, yo voy a ser…. rellene la oración. Y estamos hablando de personas aparentemente saludables, sin patologías de base ni alergias alimentarias. ¿Por qué quiero modificar mi cuerpo? ¿Qué quiero lograr con eso? El mensaje es que hay un error en mí.
¿Cómo se enfrenta esto?
– Salirse de esta lógica matemática de que el hambre se debe ver de una forma, que tengo que comer cada ciertas horas, que hay alimentos buenos y malos y que cuando elijo uno de ellos tiene que ver en mi valor como persona.
Porque aparte se restringen y demonizan alimentos.
– Y después lo que no te permites pasa a ser lo único en que puedes llegar a pensar. “Ay, me encantaría, pero no puedo, no puedo, no puedo…”. Y una tablita de chocolate se vuelve gigante y tiene poder sobre uno. La sabiduría del cuerpo es una señal de preferencia, hambre o de saciedad que puede ser biológica, intuitiva, pero que nos han enseñado a desconfiar y a desconectar.
Fuera de cámara nos contabas que esto también se relaciona con los géneros y afecta a cada uno de cierta manera.
– La elección de un plato puede ser individual y efectivamente en algún punto lo es, pero también alude a algo más grande, muchas veces relacionado con los estereotipos de género. ¿Cómo debería verse mi plato? ¿Cómo debería verme yo mientras como mi plato? ¿En qué ritmo? ¿Me lo termino o no? Y ese guión está escrito, no por mí, sino por alguien más.
Y también por el mercado de suplementos, quemadores de grasa, productos “light”, bajos en carbohidratos, “libres de culpa”, gimnasios, etc.
– Esta mentalidad de dieta la tenemos adentro no porque sea biológica como el hambre, sino porque tiene que ver con a quienes le conviene que la culpa sea una estrategia de venta. Por ejemplo, el famoso “cheat meal”, con ese “ok, tú tienes que comer así y puedes una vez tener una comida que sea culpable o que sea de engaño, como para hacer que no estás haciendo una dieta”. Muchas veces esto se vende como cultura de vida, hábitos saludables, pero ¿qué tanto es así y qué tanto es marketing?



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