Un manifiesto tan hater como esperanzado
- Diego Martorell

- Jun 14
- 6 min read

No creemos estar inventando la rueda, pero apostamos por un modelo independiente con reseñas libres e historias que ayuden a explicar el mundo a través de la comida.
Por Diego Martorell
Nos hace mal, como periodistas gastronómic@s, el comer tanto “gratis”. Y lo digo porque lo he hecho varias veces ya, aunque lleve menos de un año en esto. Las comillas son porque igual hay que investigar, entrevistar, escribir y sacar fotos por un pago usualmente muy precario: no es solo goce, como muchas veces se cree desde afuera.
Es cuestionable, sin embargo, que las recomendaciones que anunciamos como honestas y en servicio de quien lee, carezcan de la comprobación experimental de lo más importante: si es que vale la pena gastar la plata y el tiempo libre.
El restaurant puede ser más o menos rico, más o menos correcto, más o menos creativo; pero creo que todo se reduce al nivel de dolor que genera pagar la cuenta. Ese dolor al final se determina por varias razones: el ajuste con las expectativas, el cómo te hacen sentir, la calidad del plato, la saciedad (o no), el ambiente y un etcétera que puede ser demasiado largo para ponerlo aquí.
Pero si no existe la posibilidad de recibir la notificación de cobro en la cuenta bancaria, creo que hay riesgo de que se pierda la perspectiva. Esto no es una crítica a los profesionales que funcionan –y hemos funcionado—así, porque la precariedad del medio hace difícil sostener otras alternativas. Pero sí creo que es algo que deberíamos, al menos, considerar.
Antes de la crisis del periodismo, los medios financiaban las comidas de la crítica y crítico. Ojalá volviéramos a eso. O a un sistema que me parece aún mejor, en que se le pague por la pieza y que con parte de eso financie la visita o visitas al restaurant. Precisamente para exponerse a ese dolor. No sé. Es una idea nomás, que solo podría funcionar dentro de un marco de retribución justa.
Igual, más allá de esta reflexión económica, es también alarmante el compromiso que uno siente cuando un local, normalmente de situación financiera frágil (como casi todos los restaurantes del mundo), te invita a un banquete para nada despreciable. El dueño, sentado en la mesa, ilusionado, espera que a cambio hablen bonito de su negocio. Naturalmente.
El tema es que esto no es publicidad, o no debería serlo. Y ahí aparece el criterio de muchos medios que no dudo que sea efectivamente así de que “si no es recomendable o funcional a la historia, no se publica”. Hay colegas que me han contado que alguna vez, luego de una mala experiencia, han tenido que tener esa conversación incómoda, incluso peligrosa para la integridad física.
Algun@s influencers también publicitan este requisito. Muchas veces no les creo, para ser honesto. ¿Qué pasa si le ofrecen un millón de dólares? ¿Lo van a rechazar porque solo eligen lo que de verdad les gusta? No sé, habrá quienes se lo tomen en serio. Pero en general, dudo.
No quiero seguir con el hate a influencers, porque puedo llenar muchas páginas a punta de prejuicios e injusticias con muchas de ellas y ellos. Prefiero en cambio volver al periodismo gastronómico, que es lo que me compete, y que aspiro en algún momento me permita tener un ingreso digno.
La crisis de los medios se debe a factores externos e incontrolables, obviamente, pero también a la flojera y comodidad de las empresas, desde mi punto de vista, de colgarse de lo que relativamente funciona y mantener el barco, apenas, a flote. Así, mareados entre seguir escribiendo y preocuparse al mismo tiempo por las redes, muchos han caído en un limbo donde no hacen ninguna de las dos cosas bien.
Varias plataformas de gastronomía han sucumbido ante la amenaza de obsolescencia provocada por algunos generadores de contenido, buenos para el video en seflie diciendo –y actuando, muy mal— que todo es maravilloso y espectacular, o haciendo mierda y hablando pestes para volverse virales.
Se ha caído en evitar los textos largos y bien escritos para priorizar, en cambio, la prosa exprés y el contenido en redes usualmente mediocre. La gente ya no lee, dicen. Discrepo. Hay, al menos, un nicho que sí lo hace, difuso entre tanto ruido. ¿Por qué no conquistarlo y fidelizarlo con textos cautivantes, en vez de caer en el frenesí de la masividad?
También se ha dejado bastante de lado el reportaje social para entrar en una carrera por la primicia del restaurant de moda, o de la nueva apertura “imperdible”, que más que –o además de— buena comida tiene un equipo de RRPP muy eficiente en generar fomo. En general, se habla más de los que acaban de abrir que de los que llevan 10, 20 o 30 años con la sala llena.
Y para qué ahondar en la excesiva cobertura de los listados internacionales, con la vitrina que se la da sin cuestionamientos a esos empresarios con delirios de embajadores, difusores auto designados de la cocina y materia prima nacional. No se trata de cuestionar la calidad de su gastronomía –que puede ser efectivamente excepcional para su reducido público– pero sí de estar conscientes de que son más expertos en lobby que una petrolera (y que a la vez pueden ser propietarios de alguno de los mismos medios que los alaban).
De nuevo me sale el enojo hasta por los poros. Basta. Mejor cambio de tema.
El rubro a veces parece un espacio sin fronteras de amiguismo cínico en que nadie sabe para quién trabaja. O muchos saben, en realidad, pero se hacen los tontos y se disfrazan de dateros desinteresados y curadores expertos, mientras le cobran al objeto del artículo por visibilidad y/o asesoría, al mismo tiempo que censuran a otros por rencillas personales o fidelidades con la competencia.
Decía que no iba a haber más rabia en esta columna. Ups.
Esto lo digo con una pata adentro y otra afuera, todavía, por ser nuevo. Y reconozco que me da un poco de miedo, especialmente porque no quiero que suene a superioridad moral (bastante se ha dicho ya que otra cosa es con guitarra). Lo entiendo. De algo hay que vivir. Pagar la luz y el agua. Puede ser un win win win, también, y muchas veces lo es, sin disfraces, con un producto bonito y valioso sobre un negocio bonito y valioso hecho por un profesional bonito y valioso.
Pero seamos sinceros, transparentes: basta con un disclaimer de la naturaleza del contenido: publicidad si hay pago, colaboración si hay invitación, reseña o recomendación genuina si hay independencia.
A la o el periodista se le puede nublar la vista con tanto vino, networking sibarita e invitaciones a comilonas elegantes que en otro caso no podría costear. No digo que no se pueda. Yo mismo he aceptado y voy feliz. Feliz de conocer y probar. Pero sería bueno tener y expresar las cosas claras para sostener el norte y la honestidad con el público.
A estas alturas parezco un grinch, verde, criticón e insoportable. No me importa. En realidad soy buena onda, lo juro, pero idealista, aunque sea ingenuo; tengo la convicción de que el periodismo de comida es mucho más que la noticia del nuevo emprendimiento, evento o pop up de un chef amigo.
En la universidad aprendí que mientras la historia cubre los hitos y procesos concretos de la humanidad, la ficción conforma una especie de realidad alternativa, con la expresión artística e imaginativa del relato emocional de nuestra especie, con sus anhelos, frustraciones, crueldades y virtudes.
Lo mismo pasa con el periodismo cultural, si se le compara con el político, por ejemplo. Y la comida es, antes que nada, cultura. Al principio, cuando me preguntaban por qué había elegido la gastronomía como camino profesional, decía que era porque siempre me había gustado e importado mucho la comida, más de lo normal. Ahora respondo en cambio que para mí es una forma de entender el mundo.
Por esto es que no basta con hablar de un restaurant, que sin duda también es importante, porque en su contexto puede decir mucho. Pero también es relevante abordar la nutrición, la familia, el abuso laboral, los animales, la agricultura, la ciencia, la naturaleza, el machismo, el medioambiente y, nuevamente, un etcétera demasiado largo.
El punto es que la comida está en todo y contribuye a contar esa historia humana paralela y emocional, tan vilipendiada por el periodismo convencional de las “cosas serias” y “realmente importantes”.
Por favor, que no se entienda como que pensamos que estamos inventando la rueda. Hay colegas y medios que han hecho esto por años, y que siguen aguantando, por suerte. Son una eterna inspiración y muestra de que se puede.
Pero en este caso, ante la debacle, empezar de cero implica el cliché de que no se pueden esperar resultados diferentes haciendo más de lo mismo.
Ante todo, queremos ser distintos, honestos y responsables. No aceptar invitaciones ni menos cobrar para las reseñas. Entrevistar a personajes con miradas cuestionadoras de los discursos imperantes. Y mostrar realidades sociales y culturales variadas y profundas, más allá de lo que está en la mesa.
Que este texto sirva de eterna guía moral. Y si toca morir, que sea con las botas puestas (otro cliché, para cerrar).



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